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LA CRISIS ES DEL CAPITALISMO

 

LA CRISIS EN CURSO no es una crisis de las finanzas, sino del capitalismo en su conjunto. Para comprobarlo, basta preguntarse a qué se debe que en las últimas tres décadas, luego de la crisis de mediados de los ’70, el nivel de inversión bruta se mantiene muy bajo, mientras que el grueso de las ganancias empresarias ha alimentado un crecimiento de la inversión financiera de más del 1.000% entre 1970 y 2006.2 La respuesta está en la falta de oportunidades para sostener una acumulación rentable, a pesar de la recuperación de los niveles de ganancia gracias a la ofensiva sobre los trabajadores en todo el mundo. Esta mayor ganancia, gracias al formidable aumento de la explotación del trabajo, "no ha sido utilizada para invertir. La masa creciente de rentas no invertida fue principalmente distribuida en forma de rentas financieras, y es allí dónde se encuentra la fuente del proceso de finan-cierización".3
A la vez, el creciente peso de las finanzas en el desenvolvimiento empresario, redundó en una mayor presión para el aumento de los rendimientos mediante incrementos de productividad y también mediante el aumento de la porción del valor producido que se transforma en dividendos empresarios; en suma, deprimiendo los salarios y acrecentando los ritmos de trabajo. Mientras que el resultado de este proceso es una masa creciente de ganancias, que no se reinvierten en la producción -por lo limitado de las oportunidades rentables- sino que son destinadas a nuevas inversiones financieras. Sin embargo la baja inversión general, no quita que tiendan a aparecer oportunidades de obtener rentabilidades superiores al promedio, como fue en los ’90 la "nueva economía" en EE.UU., o las oportunidades generadas por la economía china. Lo que sucede es que estas oportunidades alimentan expectativas irreales en las posibles ganancias, y la masa creciente de plusvalía no acumulada se invierte masivamente en todo sector o activo que realice tales promesas, disparando sus cotizaciones. El proceso por el cual se ha acrecentado el monto de capital financiero, que como vemos está estrechamente ligado a las condiciones del capital productivo, conduce permanentemente a la generación de burbujas, con los resultados catastróficos de las últimas décadas en toda la periferia capitalista, y ahora está afectando a la principal potencia económica.
Esto es lo que empujó la burbuja en el negocio inmobilia-rio en EE.UU., basado en el crédito barato y la liberación de restricciones impulsada por Greenspan para las hipotecas. El optimismo respecto a los precios inmobiliarios generó un desenfreno en el comercio de los títulos de deudas, lo cual dio un mayor incentivo a la generación de los novedosos instrumentos financieros.
¿Por qué esto debía terminar en crisis? Porque el crecimiento acelerado del capital financiero en busca de valorización, aunque exista la ilusión de que pueda ac-tuar como una fuente de enriquecimiento autónomo, no hace más que generar ganancia mediante una punción operada sobre la plusvalía. Es decir que el monto acrecentado de capital financiero no logra desembarazarse de los límites estrechos de la explotación del trabajo. El crecimiento de las cotizaciones y el endeudamiento de las empresas, deben tener correlato en la generación de plusvalía. La masa creciente de activos financieros incrementa la presión sobre el capital productivo, para sacar tajadas crecientes de la plusvalía generada. Incluso con el aumento del consumo a crédito (íntimamente asociado a la caída en los niveles salariales): el capital financiero punza cada vez más sobre las remuneraciones de los trabajadores.
Claro que mientras todo iba bien, el mecanismo se retro-alimentaba, la demanda de activos impulsada por la alta liquidez empujaba las cotizaciones y los precios de las viviendas, y facilitaba las posibilidades de endeudarse; pueden entonces efectivizarse ganancias formidables. Pero tarde o temprano, la desvinculación creciente entre los activos totales y la fuente de ganancia estalla por sus eslabones débiles. En este caso estalló por donde era esperable: la insolvencia de los deudores hipotecarios menos solventes. Pero esa fue sólo la señal de alarma: puso en evidencia que estábamos ante un proceso de creación de riqueza financiera sin correlato con la extracción de plusvalía, y que por ende la pers-pectiva era una masiva destrucción de riqueza social. Como vemos, la causa de la crisis está en el capitalismo mismo. En última instancia, el proceso de aumento de la explotación, aumento de la inversión financiera y generación de burbujas, ha sido una larga fuga hacia adelante, donde el capitalismo logró recuperarse de la crisis pero las contradicciones que empujaron a la crisis sólo fueron resueltas de manera parcial. La renta-bilidad se recuperó gracias a la mayor explotación del trabajo, pero en un proceso que involucró también la creación masiva de deudas impagables, y el recurso creciente a mecanismos de valorización financiera en una magnitud que no guarda relación con la generación de plusvalor. La crisis en curso evidencia esto descarnadamente, mediante la formidable liquidación de capitales que se viene produciendo.
Los que plantean que hay que aliviar la carga hipoteca-ria y no limitarse a salvar a las instituciones financieras, además de restablecer las regulaciones que limiten la acción de los bancos de inversión, y que restrinjan las posibilidades de la espe-culación inmobiliaria, pretenden concentrarse en los efectos más que en las causas. Como mostramos, esta crisis es un resultado inevitable de la forma en que viene funcionando el capitalismo contemporáneo. El peso creciente de los mecanismos financieros para la creación de valor ha sido durante un largo tiempo una forma de mitigar las contradicciones entre mejora de la ganancia mediante un aumento de la tasa de explotación, y la estrechez de las oportunidades de inversión rentable. Aunque ha colaborado a agravar agudamente los desequilibrios, es una consecuencia y no una causa de la supervivencia del capi-talismo. Las contradicciones cada vez mayores entre las posibilidades técnicas y lo que se puede producir de manera rentable, es lo que está en la base de esta crisis. No se terminará con la tendencia a las crisis catastróficas, si no se pone fin a la producción sometida a la estrecha base de la ganancia. Por eso es necesario expropiar a los expropiadores capitalistas.

Una respuesta revolucionaria
El único horizonte que el capitalismo tiene para ofrecer es la combinación de: más desocupación, más pobreza y más hambre para millones en todo el mundo. La nueva crisis, que muchos comparan con los comienzos de la Gran Depresión de los años 30, amenaza a los trabajadores y pueblos del mundo con una catástrofe. Los capitalistas y sus gobiernos querrán hacer pagar los costos de la crisis a los trabajadores. Hay que prepararse para impedirlo. Para ello debemos preparar la movilización de una fuerza social y política poderosa capaz de imponer un programa para que la crisis la paguen sus responsables: los capita-listas y el imperialismo. Es urgente reconstruir el internacionalismo de los trabajadores y la Cuarta Internacional, como el partido mundial de la revolución socialista, para acabar con este sistema de explotación y opresión y construir una sociedad socia-lista
Por Pity Ezra
Notas:
1. Basado en textos de Celeste Murillo, Juan Chingo, Esteban Mercadante, publicados en LVO (periódico del PTS, nuestra organización hermana en Argentina).
2. Ver Michel Husson, "La tendance à la baisse de l’investissement", 18/09/08, en www.hussonet.free.fr
3. Husson, "La finance et l’économie réelle", anticipo de colaboración para publicación de Attac, en www.hussonet.free.fr
4. Rouge Nº 2267, 25/09/2008
5. La Razón, 30/09/2008

La crisis social ya llegó

El último informe de desempleo en Estados Unidos no trajo buenas noticias: sólo en septiembre se destruyeron 100.000 puestos de trabajo. Estos se suman a los 84.000 perdidos en agosto, cuando la desocupación trepó al 6.1%; en lo que va de 2008 han desaparecido más de 600.000 empleos. Este índice es uno de los más altos desde la recesión de 2001, lo que se suma al aumento de los productos básicos, el combustible y el enorme endeudamiento de las familias trabajadoras.
Las primeras consecuencias sociales de la crisis se reflejan en imágenes inauditas como las “ciudades-carpa” que crecieron a la vera de grandes ciudades como Los Ángeles y San Francisco. Esta es una de las postales más sombrías: miles de personas viven en sus autos o carpas con sus familias. Muchos de los habitantes de estas precarias “ciudades” son familias trabajadoras (una gran parte negra y latina, los sectores más afectados por las hipotecas “basura”). Muchos abandonaron sus hogares, huyendo de los desalojos y las deudas. El combustible para calentar las casas ya aumentó un 30% desde 2007 y unos meses antes del invierno en EE.UU. el gobierno amenaza con recortar la ayuda en concepto de calefacción para los hogares de bajos ingresos, como parte de recortes a los planes sociales (en gran parte desfinanciados por los recortes de impuestos a los ricos).
Ya en abril el gobierno había anunciado que 28 millones de personas necesitarían vales de comida para poder llevar comida a sus mesas: el aumento más significativo desde la década de 1960.
Lo más grave es que el estallido de la burbuja inmobiliaria iniciada en 2007 profundiza las malas condiciones de vida de una parte importante de los sectores obreros y populares (se calcula que sólo el 25% tiene un salario que cubre sus necesidades incluyendo seguro de salud). Antes de que estalle la crisis, en el país más rico del mundo 51.7 millones ya vivían en la pobreza, 35 millones pasaron hambre durante 2006 y 50 millones no tienen seguro médico.

Por P.E.